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by • January 18, 2015 • Estuardo MeloComments (0)1032

VERDADES OBVIAS Por Estuardo Melo

EStuardo meloA propósito del libro “Testimonio de un General”, quienes quisieron aceptar la verdad oficial sobre el 30 de Septiembre del 2010, bien pudieron. Pero para muchos, toda la campaña de la secretaría de comunicación, fue un mal disfraz que presentó distorsionados los hechos presenciados gracias al decreto de “estado de excepción” y de la cadena indefinida e ininterrumpida ordenada por el gobierno y en el manejo de la crisis con mensajes falsos. La verdad, siempre aflora por su propio peso.

El único y real protagonista de los sucesos, fue el Presidente Correa.

Él se mantenía gobernando, según lo dicho por sus ministros durante las horas en que se auto asiló en una habitación del hospital policial. En un secuestro, la persona es retenida por la fuerza, imposibilitada de comunicarse con nadie, en un lugar que se mantiene en secreto por parte de los secuestradores, que a la vez exigen condiciones para devolverlo. Nada de eso ocurrió. Otra cosa es que el Presidente sintiera que su seguridad personal peligrara y necesitara una garantía mínima para poder salir.

Él vetó la Ley del servicio público en contradicción con el derecho adquirido por suboficiales y clases de la Policía Nacional, como recompensa por los ascensos.
Él acudió por sus propios pies al centro de la sublevación policial e insistió en ingresar para resolver la crisis institucional, a pesar de la sugerencia del Comandante General de la Policía, en contrario.

Él exacerbó a la tropa sublevada para que le disparen, en un teatral exabrupto, al que solamente faltó que algún desubicado le hiciera caso y en la exaltación del momento disparara contra el pecho descubierto y sin chaleco del Presidente.
Él cruzó, encaminado por su grupo de guardia, la puerta que separaba al Regimiento Quito del Hospital de la Policía y se asiló en una habitación.
Él recibió a sus funcionarios y amigos que iban al respaldo de su Líder y saludaba a sus partidarios desde la ventana del hospital.
Él ordenó el asalto al Hospital para que lo rescaten. Un asalto ordenado al grupo de fuerzas especiales (paracaidistas), con una orden general de uso progresivo de la fuerza.
Fue él quien dijo que no podía salir del Hospital porque había franco-tiradores en las terrazas de los edificios contiguos. Una aseveración que nunca se confirmó. Ni francotiradores ni armas de precisión y largo alcance.
Él y su equipo de propaganda armaron el episodio del triunfo de la democracia, el magnicidio y el golpe de Estado y para hacerlo creíble, convocaron a la Unasur, para condenar el Golpe de Estado.
Él, y quienes azuzaron a la población para que vaya al teatro de los acontecimientos, son responsables por muertos y heridos civiles, policiales y militares en e enfrentamiento.
Él es el responsable por la muerte de Froilán Jiménez, infamemente utilizado como escudo humano para facilitar que el Presidente salga. El poderoso proyectil que lo asesinó, atravesó el escudo de fibra, su cuerpo y se alojó en la carrocería del vehículo que supuestamente protegía.

Él es el principal y último responsable por el asalto de un grupo de 600 hombres de fuerzas especiales del ejército a un hospital, asunto penado por la Convención de Ginebra, porque sometió a horas de terror y peligro contra la vida de enfermos y personal médico.

Él es el culpable indirecto del vandalismo ocasionado en Guayaquil, por la falta de presencia policial, con lo cual la ciudad quedó en manos de la delincuencia común y de gente pobre y desesperada que habita las periferias, por haber propiciado un manejo inadecuado de la crisis.

Él, como jefe del Estado es responsable por la confusión creada en su propio rescate, que pudo detonar en una masacre dentro de los espacios del hospital, cuando se encontraron los paracaidistas (ejército) con el grupo del GIR (Policía) que realmente lo retiró del hospital, por orden del ministro de gobierno.

Qué debe aclarar la Fiscalía:

– La eliminación de evidencias del teatro de los acontecimientos, realizada por la Secretaría de Aseo del Municipio, y la desaparición de proyectiles de los cuerpos de las víctimas.

– Determinar quién disparó la bala que fulminó a Froilán Jiménez, dirigida al vehículo en que el Presidente huía.

– El testimonio de pacientes y médicos del hospital de la Policía y del Hospital Metropolitano, sometidos a momentos de terror y temor por su estado de vulnerabilidad.

– El testimonio del Presidente, que a más de pedir ser rescatado, al parecer buscaba un escarmiento de los policías que en la mañana le agredieron.

– De la Cruz Roja internacional, para que rectifique su sesgado criterio de que, porque no hubieron suficientes muertos, la rebelión policial (no el asalto al hospital), no se configuraba como delito de lesa humanidad.

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