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Recetario

by • March 22, 2016 • Carlos RiveraComments (0)721

Una receta fiscal para Ecuador Por Carlos Rivera

Carlos RiveraLos indicadores macroeconómicos ponen de manifiesto que la crisis habría llegado a Ecuador: caída del PIB por tres trimestres consecutivos -si se confirma una cifra negativa en el último trimestre del 2015-, prima de riesgo país disparada, reducción de los depósitos y el crédito, contracción de la demanda interna, expectativas en caída libre y cuyos efectos son más peligrosos que un dato duro negativo, puesto que la incertidumbre genera desánimo y desasosiego en una especie de circulo vicioso y profecía auto cumplida. 

Aunque la profundidad y el tiempo que se quede la crisis van a depender mucho del precio del petróleo, no se puede prescindir de la sintomatología de un padecimiento estructural que si bien no le ha puesto al Ecuador en cuidados intensivos, tampoco permite ser muy optimista si no hacemos los correctivos necesarios y pronto, por cuanto la convivencia de un buen matrimonio con un sistema de tipo de cambio fijo extremo para nada es compatible con una razón gasto total del sector público no financiero a producto del 39.04%  (27.74% de gasto corriente), una relación deuda externa a producto del 33.07% y un déficit fiscal (Resultado global del sector público no financiero) que habría superado el -5.14% del PIB en el año 2015, y cuyo impacto más directo y visible es aquel sostenido saldo deficitario de la cuenta corriente desde el año 2010 y que para el 2015 bordearía alrededor del 2% del producto según cálculos preliminares, poniendo en vilo la liquidez del sistema y por ende la sustentabilidad de la propia dolarización.

Esta situación fiscal por otro lado no solamente que se mostraría insostenible o por lo menos demasiado vulnerable a los actuales precios del petróleo; sino que su contraparte, la carga tributaria necesariamente tiene que ser mayor para poder financiar el gasto público y  estabilizar el nivel de deuda pública, lo cual tiene efectos distorsionadores y negativos sobre la inversión, el empleo y el crecimiento a largo plazo, afectando el  bienestar de la población que es el objetivo último de la política económica, configurando un escenario de  inviabilidad de las finanzas públicas en el largo plazo.

Frente a esta crisis, se ha sostenido muy peligrosamente que Ecuador estaría mucho mejor de no haber adoptado el dólar, en tanto de haberse preservado la moneda nacional se tendría mejores herramientas para salir de esta situación. No es el objetivo del artículo hacer una contrastación de los pros y contras de la dolarización, pero simplemente recordemos que en economía “no hay almuerzo gratis” y que los costos de los excesos y abusos de la política monetaria de antaño se pagaron precisamente con la imposibilidad de poder seguir casados con el sucre y la necesidad de adoptar un sistema de tipo de cambio fijo extremo, o acaso podríamos culpar a un médico que lamentable, pero correctamente tiene que amputar una pierna engangrenada para salvar la vida de un paciente; además que en la literatura tenemos fuerte evidencia empírica del paso rápido y uno a uno del tipo de cambio a los precios (pass through) y la pendiente vertical de la curva de oferta de corto plazo en países con una mala reputación y credibilidad, como para añorar una política monetaria autónoma y la posibilidad de devaluar la moneda, que en última instancia traería más costos que beneficios.      

En este contexto el mejor remedio para la crisis y la enfermedad holandesa es esencialmente fiscal, en donde el gasto público juega un papel fundamental para la reversión del tipo de cambio real, ya que cualquier ajuste al tipo de cambio nominal o al salario nominal están vedados por la camisa de fuerza de la dolarización y la inflexibilidad del mercado laboral respectivamente, mientras los factores relacionados con el crecimiento diferencial de la productividad de los factores y los términos del intercambio externo son exógenos y no pueden ser manejados como instrumentos de política económica.

Y, al contrario de lo que la profesión normalmente cree, la receta no es una política fiscal expansiva para salir de este ciclo recesivo, sino un buen ajuste fiscal para contrarrestar el carácter revaluacionista del déficit fiscal y la deuda pública, y qué no tiene por qué ser contractivo de acuerdo a un trabajo reciente de Alesina, Favero y Giavazzi de 2014: “The output effect of fiscal consolidation plans”, cuya principal conclusión es que mientras los ajustes al alza de los impuestos están asociados con recesiones profundas y duraderas, las reducciones de gasto no lo son tanto y, en promedio los costos en términos de producto están cerca de cero, siendo su  explicación la respuesta de la inversión privada, que tras un ajuste de gasto, rápidamente se recupera y aumenta inclusive  por encima de su promedio de largo plazo por el cambio de expectativas.

Como estos resultados pueden no ser directamente replicables para una economía pequeña como la ecuatoriana, por cuanto el estudio fue realizado para 16 países grandes de la OECD, una historia mucho más cercana a la nuestra -con tipo de cambio fijo incluido-, es la pronta recuperación que tuvieron los países bálticos tras la extraordinaria contracción entre 2008 y 2009, que alcanzó una caída del PIB de 20% en Letonia, 17% en Estonia y 14% en Lituania, y que además de hacer ver la crisis ecuatoriana como un juego de niños, lo cual no deja de ser una buena noticia, muestra la importancia de mantener la disciplina fiscal, una reducida deuda pública y la confianza en el gobierno como requisitos de una política anti crisis efectiva, sin necesidad de abandonar el esquema cambiario.

Todas estas historias tienen algo en común, una reducción del gasto público fundamentalmente no productivo y relacionado principalmente con bienes no transables, no tienen por qué ser recesivos y frenar la actividad y el empleo, y más bien pueden generar efectos positivos tanto a corto como a largo plazo. La explicación de estos resultados tienen que ver con:

  • El ajuste fiscal reduce el nivel de incertidumbre sobre la situación presupuestaria de la administración pública en el mediano plazo, motivando al consumo y a la inversión, al reducirse el ahorro precaución.
  • La mejora de las cuentas fiscales (menor déficit) y la reducción de la deuda pública trae consigo una disminución de la prima de riesgo país, con efectos positivos en la prima de riesgo privada y las tasas de interés, facilitando el financiamiento y, por tanto, incentivando la inversión.
  • Gastar menos implica un cambio en las expectativas sobre los impuestos presentes o futuros, lo cual tiene efectos positivos en el consumo y la inversión. Por ejemplo en un trabajo de Alesina, Ardagna, Perotti y Schiantarelli (2002), se encontró que una reducción del peso de los salarios públicos en el PIB del 1%, origina un aumento en el ratio de inversión privada sobre el PIB de 0.48 puntos en el corto plazo, y de 2.56 puntos acumulados en un periodo de cinco años.
  • Si bien no se puede negar la existencia de un multiplicador fiscal que determina una relación positiva entre gasto y producto; por encima de ciertos niveles de gasto el multiplicador fiscal a largo plazo se vuelve negativo. La respuesta es que no existen menús gratis para las autoridades fiscales, los estímulos fiscales para aumentar hoy la actividad económica tienen el costo de un menor crecimiento mañana. Inclusive ciertos estudios encuentran una relación no lineal entre la política fiscal y el crecimiento del producto; esto es, que reducciones pequeñas en el déficit fiscal pueden contraer la demanda agregada, mientras que ajustes importantes de una sola vez pueden reactivar la confianza y, por consiguiente, el crecimiento económico.

Por lo tanto no hay que satanizarle ni temerle para nada al ajuste fiscal, en tanto se aumente la eficiencia del sector público. Y, a la par de su ejecución habrá que pensar en la implementación de reglas fiscales que minimicen la reticencia de los gobiernos a comprometerse verdaderamente con la disciplina fiscal y la conformación de un consejo fiscal independiente al gobierno de turno que monitoree el cumplimiento de las normas fiscales y den recomendaciones de política fiscal.   

Adicionalmente el gobierno y el sector privado no pueden actuar en forma pro‐cíclica en la parte ascendente de los ciclos, en tanto se estaría gestando los causales de la siguiente crisis cuando el entorno internacional sea menos favorable, por lo que debemos tomar medidas que eviten cualquier desbalance en las arcas de las finanzas públicas y en los sectores externo o financiero con una regulación macro prudencial adecuada, así mismo se debe retomar el tema del fondo petrolero dedicado a suplir la volatilidad de los precios del petróleo.

En tanto y cuanto ya se ha realizado el grueso de las inversiones estratégicas en Ecuador, los recursos provenientes del ajuste fiscal y lo que vaya quedando de la recuperación de las exportaciones petroleras y de la propia actividad económica, deberían dirigirse principalmente a la investigación y el desarrollo para el mejoramiento de la productividad, así como para la reducción de la deuda externa y la inversión en un fondo financiero internacional de liquidez a fin de que la entrada de los recursos no provoque una nueva  apreciación del tipo de cambio real y de esta manera neutralizar el avance de la enfermedad holandesa.

Finalmente antes que proponer timbres cambiarios que además de provocar situaciones negativas de “rent seeking”, afectarían aún más el bienestar de los consumidores, que somos los que hemos pagado en buena parte la gran farra fiscal, para evitar que cualquier recuperación de las exportaciones de recursos naturales no renovables nuevamente perjudique al resto del sector exportador y se controle el propio saldo de la balanza comercial, se debe pensar en gravar las ganancias extraordinarias de los sector minero y petrolero, y utilizar esos recursos para poder reducir la carga impositiva de los otros sectores exportadores, así como de la importación de bienes de capital que contribuyan al aumento de la productividad en los sectores no transables. Una buena alternativa en este sentido y con efecto positivo en el empleo, podría ser la reducción de la carga impositiva según el aumento del empleo.

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