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Trago fiesta

by • March 28, 2016 • Carlos RiveraComments (0)1018

Tabaco, whisky, tequila, ron y colas Por Carlos Rivera

Carlos RiveraNo es el listado de las cosas a comprar para una buena farra, sino el anuncio del nuevo paquete impositivo que sería gravado principalmente a los cigarrillos, los licores y las bebidas azucaradas que si hubiera sido aplicado al inicio mismo del gobierno o en la parte alta del ciclo económico cuando el precio del petróleo bordeaba los 100 dólares, podría haber sido creíble alguna intencionalidad de reducir el consumo excesivo de estos productos, pero hacerlo en medio de la caída del precio del petróleo, cuando ya no se está tan lejos de alcanzar el límite establecido por la constitución para la deuda externa y la carga tributaria que se ha visto disminuida ante la contracción económica, el telón de fondo a todas luces es la caja fiscal agobiada por la falta de ingresos suficientes para seguir manteniendo el ritmo de gasto y la chequera populista en un año electoral.

En el ámbito puramente macro y de las cuentas fiscales -que incluye a muchos de los gobiernos autónomos descentralizados-, hay muy poco por decir, ya que todo se ha dicho y que se resume en la siguiente pregunta: ¿Cuánto gasto público ineficiente e improductivo existe en el actual presupuesto que se podría cortar, sin necesidad de subir un solo dólar de impuestos para equilibrar las finanzas públicas? Amigo lector piense en  pequeñas cosas, pero que en el global debe sumar muchísimo dinero: un ministerio lleno de felicidad y meditación como el icono mayor del despilfarro, exceso de burocracia a lo largo y ancho del país, gastos de publicidad y de ceremonias oprobiosas para una época de crisis, gastos de viáticos y movilización por doquier, obras faraónicas sin el menor beneficio económico, dinero amortizado en medios de comunicación con un altísimo costo de oportunidad económico y social. En otras palabras, si estamos en economía de guerra, no es más sano ajustar los gastos casa adentro, antes que buscar nuevos financiamientos para seguir en la farra.          

Sin  hacer consideraciones en cuanto a la búsqueda de eficiencia tributaria para la  recaudación, materia en la cual estos impuestos ad-valorem indudablemente son los mejores dada la inelasticidad de la demanda, pero dando el beneficio de la duda respecto a la sana intención de combatir el consumo exagerado de estos bienes, bien vale la pena hacer un poco de reflexión económica sobre este tipo de impuestos, analizando el carácter regulador de estos tributos para contrarrestar las externalidades negativas derivadas del consumo excesivo de estos bienes.    

Desde el punto de vista de la libertad misma, se podría sostener que estos impuestos son un regreso camuflado a la Inquisición, puesto que los gobiernos bajo un supuesto manto paternalista se entrometen en la vida de las personas y pretenden arrogarse el derecho de tomar decisiones que en última instancia le pertenecen única y exclusivamente a cada ciudadano, a través de una carga tributaria absolutamente exagerada en estos bienes que termina distorsionando los precios relativos e influenciando decisoriamente en el consumo de dichos bienes. Al respecto este enfoque se preguntaría: ¿Quiénes son estos “iluminados burócratas” para decirme que yo no debo fumar, que no debo tomarme un buen Buchanan´s y que no puedo comprar cerveza los domingos?  

Sin embargo, ciertamente debemos señalar que estos bienes pueden ser considerados “males”, en tanto su consumo excesivo puede generar externalidades negativas, que justifica imponer una carga tributaria especial, puesto que cuando existen externalidades que no son internalizadas, los precios de libre mercado son distorsionados y la asignación de recursos a partir de estos precios conduce a un menor nivel de bienestar social. En la literatura se indican varios argumentos para justificar la aplicación de un impuesto especial sobre estos bienes:

  • Inconsistencia temporal o irracionalidad

El análisis económico puro y la idea de no intervención gubernamental se hace suponiendo que los consumidores actúan racionalmente y que toman en consideración e internalizan en sus decisiones todos los beneficios y costos que lo afectan. Sin embargo en la práctica, no es tan obvio que se aplique racionalidad al momento de decidir el consumo de estos bienes. Por ejemplo, después de haberse tomando un par de tragos en algún bar, creen que predomine la racionalidad o la euforia y, peor aún si ya existe adicción o se trata de menores de edad.

  • Externalidades

En el caso del consumo excesivo de alcohol, las externalidades negativas se asocian a mayores tasas de criminalidad, violencia intrafamiliar, accidentes de tránsito, ausentismo laboral, pérdidas de producción, y todas las enfermedades que afectan no solo la salud del bebedor, sino que alcanza hasta los hijos, por lo que ciertamente se genera un gran costo público derivado del alcoholismo.

Respecto al cigarrillo, el cáncer pulmonar y otras tantas enfermedades derivadas del hábito de fumar termina representando para el sistema de salud pública una fuerte erogación de recursos que los consumidores no internalizan al momento de encender un cigarrillo. Algo similar se puede decir del consumo exagerado de las bebidas azucaradas, en tanto la obesidad y la diabetes igualmente termina pasando la factura al  sistema de salud pública.

En lo que se refiere al alcohol y al tabaco, estos bienes se definen como adictivos que comienzan a temprana edad, lo cual significa que su consumo presente está positivamente correlacionado con el consumo pasado, por lo que si los estudios muestran que la elasticidad-precio de la demanda de los jóvenes que fuman y beben es mucho más grande que la de los adultos al no tener todavía gran adicción y mantener menores ingresos, efectivamente un aumento en la tasa del impuesto a los alcoholes y a los cigarrillos es una política óptima y potente para restringir fumar y beber, además que está probado que la prohibición de venta a  los menores de edad o la educación es de una eficacia bastante dudosa.

Impuesto al alcohol

Siendo el consumo de alcohol lo que se quiere desincentivar, lo eficiente es poner un impuesto específico al contenido de alcohol de cada bebida, no al valor de la bebida que lo contiene. Es decir el mayor impuesto debe fijarse a la que más alcohol tiene, no a las más caras, o acaso el aguardiente ecuatoriano es menos dañino que un vodka o qué de malo tiene un whisky frente a un ron. Mantener solamente un impuesto ad valorem o combinado como en el Ecuador, los productos baratos tienen una alza mucho menor y en términos relativos mejoran su precio frente a las bebidas más caras, lo que no genera los incentivos suficientes para reducir efectivamente el consumo.

El elemento generador de la externalidad negativa derivada del consumo excesivo de bebidas alcohólicas es el contenido de etanol o alcohol puro del producto medido en gramos, por lo tanto este elemento es el que debe constituir la base del impuesto que busca regular los problemas derivados del alcoholismo, lo cual es totalmente deseable ya que ellas generan las externalidades con un nivel de consumo menor. Así el producto más barato aumentará su precio relativo con respecto al más caro (por ejemplo, aguardiente nacional versus el whisky) y se alcanzara el objetivo deseado. Ahora si el objetivo es simplemente recaudatorio, es otro tema y no hay objeciones sobre ello, pero no digan que se trata de precautelar la salud de los ecuatorianos.

Impuesto al cigarrillo

Actualmente la tasa se fija en forma ad-valorem o como una tasa porcentual aplicada sobre el precio de venta al consumidor final, que no es la forma apropiada de establecer un impuesto regulador y que más bien demuestra solo una preocupación por la recaudación de ingresos. Desde el punto de vista regulador, la base del impuesto que regule el consumo de este producto debe ser por la cantidad de cigarrillos comprada, no por el valor de venta de los tabacos puesto que la magnitud de la externalidad negativa se relaciona directamente con la cantidad de cigarrillos consumidos por unidad de tiempo.

Este impuesto no debe discriminar entre marcas y valores, todas pagan la misma tasa, por lo tanto, en términos relativos abarata los actuales cigarrillos caros con respecto a los baratos, que según evidencia internacional hace más difícil el inicio del consumo a temprana edad y reduce el consumo de las personas de menores niveles de ingreso.

Para concluir, que el alcohol mate las penas evidentemente no pasa más de una buena tonada, lo que si es cierto es que los precios que pagamos por el cigarrillo y los licores  en Ecuador sí que da bastante pena. En el caso del cigarrillo, si bien vale la pena decir que nos quede solo el olor a tabaco, por qué nos tienen que dejar también solamente el olor a chanel (entiéndase margarita, bloody mary, daiquiri, caipiriña, cuba libre y otros tantos manjares que resultan cada vez más prohibitivos al consumidor ecuatoriano), salvo que tengamos alguna animadversión contra los escoceses, rusos, mexicanos, cubanos y demasiado amor al productor de aguardiente ecuatoriano.

Trago fiesta

 

 

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