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by • September 28, 2012 • Juan Fernando CarpioComments (0)1259

Por qué el Estado destruye riqueza

Juan Fernando Carpio

Por qué el Estado destruye riqueza

La riqueza, contra todo lo que digan los socialistas de todos los partidos, es un fenómeno subjetivo. El valor lo es, y la riqueza es una valoración personal e individual. Así de sencillo. Por lo tanto, más allá de las necesidades biológicas de los seres humanos (aunque se conoce casos de ascetas o místicos que bajo las más rigurosas pruebas científicas no probaron bocado en años, ver Theresa Neumann) todo lo que es apreciable para el ser humano debe pasar por el filtro de la valoración individual.

Sin embargo, no basta la apreciación. La acción humana es creativa y descubridora (de las situaciones donde actuar creativamente), que no es si no otra forma de decir, empresarial. El Estado por otro lado, es la aberración de las funciones de gobierno (en el sentido de governance) que asfixia mediante regulaciones o crowding out directo, esa acción empresarial.

Si la acción humana es en sí misma medio y fin para las satisfacciones dentro de la escala de valor (y valores) individual, su reemplazo por cualquier tipo de prohibición (no existe planeación central, como mostró Rothbard, si no prohibición central muy a despecho de los ingenieros sociales y sus acólitos) reduce significativamente o elimina del todo dichas satisfacciones.

Por lo tanto, sin entrar en la explicación cataláctica (y económica en su sentido más estrecho), es muy directa la conclusión de que el Estado, praxeológicamente hablando, es la negación de la riqueza. De su creación, de su sostenimiento y de su disfrute.

Aunque el alimento de un hombre sea veneno de otro, como dice el mismo refrán en muchas culturas; aunque la comida que a uno satisface al otro le asquearía; aunque cada uno valore si es rico o pobre según su circunstancia, escala de valores y comparación con los demás, la riqueza también puede ser evaluada en conexión a la producción material.

El Estado es un aparato gigantesco de consumo (gasto de consumo). Por otro lado, el sector privado (Mercado) divide su gasto entre gasto productivo y gasto de consumo. Esta distinción, que ya la hicieran los clásicos en su momento, es clave para entender el asunto. La mayoría del gasto (uso del dinero y otros recursos para hacer compras) en una economía es productivo. La contabilidad del PIB es un producto de la necedad keynesiana (de ahí el término ‘keynecios’) en que se sostiene que un producto es a la vez el producto y las partes que lo componen. Pero no es así. En la realidad, lejos de la pizarra keynesiana, un producto es un producto y nada más. La demanda de un producto no es demanda de sus factores de producción (“demand for commodities is not demand for labour” – J.S.Mill). Por ende, cada subproducto de la economía debe ser contabilizado aparte. Y si así se hace, se comprenderá que el grueso del gasto en una economía ocurre en todas esas partes del proceso (para visualizar su complejidad se recomienda “Yo, el lápiz”, un clásico de Leonard Read) y no en el producto final. Pensar que sólo cuenta el producto final, y que su demanda “arrastra” el resto de la economía, lleva al pensamiendo Consuncionista a diferencia del adecuado para entender el mundo real, el Produccionista.

Entonces, si sabemos que el Estado está divorciado -por definición- de las pérdidas y ganancias de operar o no atendiendo con precisión al público, si sabemos que no economiza -pues externaliza sus costos- en sus procesos, si sabemos que atiende lo inmediato en detrimento del ahorro y la inversión, podemos categorizarle con gran precisión como una gran maquinaria de consumo. En otras palabras, es productivo todo aquello que el Estado no llegue a acaparar o reemplazar. Por eso se sabe empíricamente que el despegue pleno de una economía se da históricamente con menos de un 15% del PIB en forma de gasto estatal. Mientras menos, mejor. Y más allá de esa cifra, simplemente la porción de riqueza necesaria para reponer y crear nueva riqueza (eso es el capital) se ve en peligro, se sostiene gracias a avances en otras regiones o simplemente se genera un paulatino pero decisivo declive. Para muestra, baste comparar los equipos médicos que usa un dentista (odontólogo) en EEUU vs. Los que usa en Alemania. La reposición de bienes de capital se vuelve prohibitiva.

Gracias Consuncionismo, por no dejarnos ver la importancia del ahorro, la inversión, el capital y otros procesos que le son exclusivamente inímicos al sector privado (Mercado) y no al aparato de cortoplacismo conocido como Estado.

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