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glas correa moreno

by • March 22, 2017 • Estuardo MeloComments (0)1657

#Ecuador SALDO TRÁGICO Por Estuardo Melo

Quién hoy por hoy, no tiene claro que los 10 años de gobierno de Rafael Correa fue ni más ni menos que un monumental fracaso. Un país en zoletas, totalmente ilíquido, sin reservas, endeudado hasta la médula, con su recurso estrella prendado por al menos 10 años, en franca recesión y con un presupuesto nacional que no podrá superar los quince mil millones de dólares, lo que vuelve insostenibles los programas por los que dice haber transformado al país. Esto, ni el pálido ex gerente del Banco Central, lo puede negar.

EStuardo meloEl  distorsionado ego del Presidente se niega a admitir, que su presencia y gestión fallida fueron el único y principal factor de la demolición de la economía y la descomposición institucional del Ecuador.

En su intento por dominar todos los ámbitos, gobernó a puntapiés, sin que nadie en su sumiso equipo contradiga sus criterios, muchas veces absurdos, llevando sus mal elaboradas consignas a ejecución y subsecuente fracaso. Sin afán de ofender, fue un ejercicio irresponsable, inepto, mal intencionado, que acusó severo trauma mental.

Tanto así, que del inmenso capital puesto en sus manos gracias al valor del barril de petróleo, no queda ni un centavo. La defectuosa elaboración presupuestaria y el gasto público, hizo que dos cientos sesenta mil millones de dólares de ingresos en la caja fiscal, se conviertan en gasto corriente, creando además un permanente déficit que se convirtió en iliquidez, obligándose a contratar deuda cara de corto plazo e impagable, como se demuestra en las cifras de la macroeconomía actual del país, que significa a la vez el certificado de defunción del correísmo.

Es importante que el ciudadano común tenga claro que la situación precaria en la que nos encontramos, tiene un nombre: Rafael Correa. Toda la restricción económica, las medidas de ajuste, las dificultades de gobernabilidad y sustentación del Estado, sus servicios, el desequilibrio financiero de los entes de la seguridad social y la pérdida de derechos  laborales, son obra de este irresponsable que pensó que gobernaba un feudo y que sus labores en el gobierno eran un juego.

A pesar de las evidencias en su contra, sigue neceando que el país ya cambió, que tenemos carreteras, escuelas del milenio, hospitales públicos de alto estándar, puentes e infraestructura  construida con alta inversión.

Contradice su mala gestión con una obra que significó entre setenta y noventa mil millones de dólares, pero omite decir que toda, absolutamente toda la contratación pública fue ejecutada bajo decretos de excepción, a dedo y con sobreprecios. Que los negocios del Estado estuvieron amañados y plagados de corrupción. Una corrupción originada en una intención de enriquecerse y favorecer a sus funcionarios en las más altas esferas, a los que el mismo gobierno se han visto forzado a demandar, para proteger en algo la pésima reputación desaprensiva y corrupta.

Los correístas pueden contradecir al unísono en balido sumiso de corderos degollados, pero las evidencias son tan aplastantes que contradecirlas se convierte en un acto de mala fe y fanatismo, que no admite prueba en contrario.

Es que además, es tan grave y contundente la consecuencia de estos 10 años de mal gobierno, que todos tendremos que sufrir en carne propia por al menos otros diez, en que a borregos y opositores se nos ha tomado del pelo de forma tan integral y descarnada, en gran parte por obra de una propaganda maliciosa y falsa.

Un engaño multi-dimensional que debe analizarse prolijamente para que no queden dudas acerca de la autoría de la patraña y de sus complejidades psicóticas.

No era un economista experto, un conocedor de la planificación para el desarrollo, quién estuvo encargado de la administración del país. Jamás Rafael Correa pensó en planificar el desarrollo económico, organizar la inversión, crear fuentes de empleo, propiciar el balance de las importaciones y exportaciones. Quiso terminar con los emprendimientos y la inversión privada, confiscar bienes y repartirlos en una obsesión por una equidad absurda imposible de sustentar ni instrumentar.

No lo hizo, porque se interpuso una enorme fortuna obtenida por suerte, misma que se empeñó en aniquilar para proceder a su verdadera agenda, la confiscación. No es un invento. Está consignada y consagrada en el Plan Nacional de buen vivir, aprobado por la Asamblea Nacional.

Para conseguirlo, modificó a tontas y locas los costos administrativos y el gasto corriente hasta que nada del fondo acumulado por las ventas petroleras quedó en caja. Lo hizo además en su guerra soterrada contra la empresa privada y la dolarización.

Ya sin dinero, emprendió en un salvaje endeudamiento, fuente importante de la corrupción, para una vez en incapacidad de pago, tomarlo como  pretexto para pasar a la confiscación masiva y la conformación  forzada de la “Propiedad Republicana” en la que debían converger todos los capitales, bienes propiedades y acciones en manos privadas. El punto de quiebre entre la economía de mercado y el régimen totalitario de economía centralizada.

Una intención oculta y perversa, inconsulta y abusiva con la que Correa saciaría su afán de vengarse de una sociedad que al parecer le causó tanto trauma. De un solo golpe cumpliría todos sus afanes.

A ellos y nosotros, se nos llevó a suponer por ejemplo, que era un verdadero Economista, mientas en realidad, él mismo dijo haber llorado cuando al enfrenar el posgrado, cayó en cuenta que nada aprendió de la Universidad Católica de Guayaquil. Por otra parte, quién puede tener alguna confianza si en tres años de cursar un doctorado en idioma inglés, el cursante ni lo habla ni lo entiende. Alguien debe haber presentado los trabajos en su nombre. Tal vez  el propio Elosegui.

Si dice  ser un “experto en desarrollo” y lleva a su país de una increíble bonanza, a la debacle económica total; un experto en estadística como dice ser, no adultera la cifra de población económicamente activa para pretender que ha bajado el nivel de desocupación; o cambia por su arbitrio el valor del PIB, para contrastar a su conveniencia los índices de crecimiento, o para poder incrementar el porcentaje legal de endeudamiento. Trata de comprender  la macro-economía, solamente cuando el Banco Mundial le envía un análisis, eso no tiene otra connotación que la de una tomadura de pelo.

El demencial gasto, no era solamente desprolijidad. Era su necesidad de llevar al país a sus límites. Al borde del desequilibrio. No manejaba un esquema económico, por el contrario. Gastó los dineros, como del bolsillo de una cocinera, la obra de un enloquecido y temible operario de la anti-economía, en su ruta de devastación. Todo disfrazado de populismo y demagogia. Los pobres, el pueblo, los marginados, los excluidos.

Pro también es importante el factor personal. Sus orígenes, su enfermo afán de notoriedad, siempre buscando representaciones, su desempeño errático, las controversias jurídicas, el abuso de poder, los insultos. Rafael Correa utiliza un disfraz de ética y corrección, pero varios ex presidentes del país,  concuerdan con que esta persona no tiene límites en su comportamiento.

Algunos pensaron que su ideología de izquierda era sincera, que lideraba postulados reales de reivindicación de las masas postergadas y apoyaron un proyecto castro-comunista solapado para la transformación de la sociedad ecuatoriana, pero no. El buen vivir, la equidad y el reparto de la confiscación, era una simple mascarada, para fastidiar a los inversionistas, el mercado y los emprendimientos, mientras se producía el saqueo de los fondos de la obra pública. Sus antiguos aliados le acusaron de desperdiciar la década y de modernizar el capitalismo.

Capítulo aparte, la corrupción rampante de sus funcionarios en el manejo de la contratación pública. Un vergonzoso escándalo de carencia total de valores, ética y compromiso. Ya se verá hasta qué punto está contaminado el gobierno de la podredumbre. La década perdida en corrupción y mezquindad.

Su ruta hacia la transformación de una sociedad de libre mercado hacia una economía centralizada, con amenaza de confiscación y reparto equitativo, quedó en eso. Cuántas veces dijo que si “le molestan” radicalizaría la revolución” y cuántas otras que “la pobreza no era problema de recursos, sino de falta de equidad y mal reparto”.

Ni lo uno, ni lo otro. Quiso amedrentar, inquietar, des incentivar por odio y venganza, que por alguna razón era  su leitmotiv, producto del desajuste grave de personalidad del que muchos psiquiatras se han pronunciado.

Un discurso de diez años permanentemente repetido, con gran gasto y despliegue, para qué. Para constatar que la economía del país está en etapa terminal; que la única oportunidad en que pudieron confluir una buena administración y los fondos reales para lograr un desarrollo sustentable, se fueran por el caño del despilfarro en gasto corriente; que el “economista” no era capaz de construir escenarios,  equilibrar el gasto,  formular planes bien articulados, porque su real intención era conseguir el desvanecimiento de los fondos que le estorbaban para ejercitar su venganza.

Más le pudo su psiquis enferma a la que no le importó un ápice destruir nuestras perspectivas de futuro. Acabó con un país al que habrá que levantar de sus cenizas. Atentó en contra del estado, su seguridad y equilibrio.

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