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by • March 20, 2017 • Carlos RiveraComments (0)475

#Ecuador A erradicar el virus del populismo Por Carlos Rivera

Ecuador tiene una larguísima experiencia con el populismo, aunque nada como lo vivido en estos últimos 10 años, tanto por lo duradero, como por lo aberrante que ha resultado la llegada al poder de la revolución ciudadana, cuyos síntomas más evidentes son:

Carlos RiveraLa tendencia a concentrar todo el poder y la legitimidad en una persona, a tal punto que no podemos hablar de ninguna propuesta partidista, sino de Correa y sus acólitos. El vaciamiento de las instituciones para que la gente entienda que cualquier cosa es por la bondad de su majestad. La ley como estorbo y la justicia como un obstáculo que debe ser neutralizado o sometido. El clientelismo como sistema de compra de voluntades y aseguramiento de lealtades. El derroche y facilismo económico. La exaltación nacionalista. Todo ello envuelto en una retórica altisonante y dizque progresista que pretendiendo ser dueña de la verdad, estigmatiza a cualquiera que discrepe como retrasados mentales y/o enemigos del país.

Tal cual advirtieron Rudiger Dornbusch y Sebastián Edwards en su conocida obra “Macroeconomía del Populismo en la América Latina”,  el resultado final de las políticas correistas para Ecuador ha sido un total fracaso, por cuanto solamente en una primera etapa se elevó la producción y el empleo. La inflación controlada por la dolarización no era problema y las importaciones aliviaban cualquier escasez de producción y donde las políticas macroeconómicas del gobierno se presentaban poco menos que milagrosas. Pero luego de esta expansión inicial, en una segunda etapa comenzaron a aparecer los primeros cuellos de botella debido a la falta de respuesta de la oferta y una creciente falta de divisas por el desequilibrio externo. En una tercera etapa explotan los desequilibrios fiscales y viene la escasez generalizada y el agudizamiento de la falta de divisas que conducen a la fuga de capital y la desmonetización de la economía, al mejor estilo de Venezuela. La coyuntura ecuatoriana evidencia que estamos en la etapa 2 y coqueteándonos con la etapa 3.

Nos queda por experimentar la última etapa, que es la inevitable política de  estabilización y el denominado “sinceramiento de la economía”, que para Ecuador representa una operación de alta cirugía por todos los conflictos sociales y políticos que se pueden venir. Paradójicamente el populismo, utiliza esta etapa como chivo expiatorio a quien culpar por los efectos de sus propias políticas para atraer votantes en las próximas elecciones sosteniendo que “con mi gobierno esto no pasaba.” Debemos destacar que a diferencia de los viejos populismos de los setenta y ochenta, donde no pasaba tanto tiempo entre la etapa 1 de éxito y la etapa 4 del ajuste y los programas de estabilización estaban a la orden del día, la fase del éxito correista duró mucho más. Pero nadie vaya a pensar que es por un acierto del modelo, la única razón es la suerte de hacer contado con excepcionales precios del petróleo y bajísimas tasas de interés que rompieron los récords históricos de todos los tiempos.

Digo que el populismo se parece mucho a un virus porque es altamente contagioso y destructivo. Lo contagioso tiene relación con esa atosigante propaganda política basada en  retóricas mesiánicas  y el uso de chivos expiatorios y de teorías conspirativas diseñadas para generar la atracción del electorado y que se ha extendido lamentablemente por varios países de América Latina.

Por su parte el carácter destructivo tiene relación con la idea de que el Estado debe hacerse cargo de la vida de las personas y financiarles todo lo que necesiten, así como el privilegiar los resultados del muy corto plazo y la redistribución del ingreso en lugar del crecimiento económico de largo plazo que es la única forma sostenible de combatir la pobreza, menospreciando los riesgos del financiamiento deficitario, las restricciones externas y la reacción de inversores, ahorristas y consumidores frente a políticas agresivas al mercado, que terminan frustrando el crecimiento que se intenta promover.

Y es que la fiesta populista dura hasta que se acaba la plata, y cuando llega el chuchaqui, solo queda una estela de desolación que deja a todo el mundo peor que antes de la fiesta. Las promesas de gratuidad de los populistas -que en general reparten llevándose la mejor parte- son un gran engaño, porque jamás se dice a los beneficiados que ellos tendrán que pagarla mediante mayores impuestos en el futuro para pagar la deuda pública con efectos negativos en el crecimiento económico, los salarios y el empleo.

Pero esto no es el fin de la historia, por cuanto el gran problema del populismo es que va destruyendo, tal cual lo hacen los virus, todas las defensas del sistema, hasta que el organismo se encuentra totalmente a su merced. La libertad de expresión y buena parte de la sociedad civil ya están sometidas a la discrecionalidad del populista para desarrollar su trabajo y hasta las más elementales decisiones ya no son de su potestad. La pregunta clave es ¿Cuándo comenzarán a hacer lo mismo con la economía privada misma?

A pesar de todo esto,  el Ecuador todavía tiene la oportunidad de quitarse el virus del populismo en buena lid y solamente a través de los votos, debiendo recordar que la línea divisoria ya no es entre derecha e izquierda, sino entre democracia y una dictadura del tipo populismo nacionalista, por lo que no estamos escogiendo diferentes matices en cuanto a las propuestas económicas, sino el respeto a la propiedad y la libertad, la primacía de las instituciones y la separación de poderes, el imperio de la ley para todos, la juramentación y sacramentación de la corrupción más grande de la historia. En resumen, el Estado de propiedad y derecho está en juego.

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