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by • December 18, 2017 • Carlos RiveraComments (0)336

Dinero Electrónico en Ecuador ¿eficiencia monetaria o salvavidas fiscal? por Carlos Rivera

La respuesta a esta pregunta dependerá de cómo finalmente quede el proyecto de ley en este ámbito. Si queda en manos exclusivamente del sistema financiero privado podríamos pensar que se trata efectivamente de una propuesta que busca la eficiencia monetaria. Al contrario, si pasa a manos del Banco Central en forma exclusiva o compartida, surgirían peligrosas señales de que podría tratarse de lo segundo, por lo que bien vale la pena reflexionar algunos elementos en esta materia.


Carlos RiveraEn primer lugar el dinero electrónico debe ser entendido como un medio de pago que se almacena electrónicamente en el teléfono celular y que por lo tanto representa tan solo una alternativa más a las monedas, billetes, tarjeta de débito y cheque que son los medios de pago habitualmente conocidos; y que como tal, si mantiene una relación uno a uno con la moneda fiduciaria que lo respalda, no hay que preocuparse y peor satanizar su promoción y utilización.

Luego, haciendo un poco de historia debemos recordar que el dinero electrónico nació como un proyecto del Banco Mundial para contrarrestar los bajos niveles de bancarización en África, algo que se podría replicar en Ecuador, es decir generar que ciertos segmentos que actualmente se encuentran fuera de la intermediación financiera, lo puedan hacer gracias al celular.

Por otro lado algo bueno debe tener el dinero electrónico para que se haya convertido en  una tendencia mundial, a tal punto que Dinamarca ha fijado el año 2030 como fecha límite para erradicar el dinero en efectivo, y es que los beneficios del dinero electrónico no son menores, por cuanto van desde limitar la capacidad de financiamiento del terrorismo y el narcotráfico, hasta poner un alto al negocio de los blanqueadores y falsificadores, así como reducir la evasión tributaria y evitar los problemas de salud que se dan con el manejo de las monedas y los billetes, además de acortar los tiempos de transaccionalidad y conteo de billete, así como ampliar la capacidad de retiro del dinero.

Para el caso de una economía dolarizada como la nuestra, debería sumarse el ahorro por los costos de canje de monedas y billetes deteriorados con la Reserva Federal y el aumento de la velocidad de circulación, beneficios que si bien están acotados, no dejan de tener  otro impacto positivo.

No obstante de estos beneficios, existen costos y riesgos asociados a la implementación del sistema, en tanto fallos informáticos podrían provocar estafas, un colapso de los sistemas electrónicos haría perder el acceso al dinero, además de las habituales situaciones de inadaptación de cierto segmento de la población con las nuevas tecnologías, pero que a la hora de la evaluación, claramente resultan menores que los beneficios.

De allí que con estos antecedentes cabe preguntarse ¿Por qué no ha surgido el dinero electrónico en Ecuador a pesar de los fuertes incentivos tributarios y la gran promoción que se ha realizado para su uso?

La respuesta es que al igual que cualquier depósito bancario, se exige una dosis de fuerte confianza de que el dinero esté bien resguardado y disponible cuando se lo requiera, situación que no se la tiene con el Banco Central, y he allí porque el dinero electrónico luego de casi tres años no supera los 8 millones de dólares de saldo en esta institución, mientras los depósitos en el Sistema Financiero Nacional están por encima de los 30 mil millones.

Me parece que la falta de confianza en el Banco Central como administrador del dinero electrónico tiene que ver con una muy mala institucionalidad que se denota en la falta de autonomía y la no independencia del gobierno central, acompañada de unas finanzas públicas en soletas que hace que los agentes económicos consideren que los incentivos para tomarse el dinero con eventuales y poco prudentes préstamos de liquidez están dados bajo la actual figura del Banco Central, que no pasa de ser la caja chica del gobierno central.

También debe pesar el propio deterioro de los indicadores de liquidez del Banco Central que se manifiestan en una reducción de la participación de los activos circulantes en desmedro de otros valores dentro de los activos totales, así como una reducción de la razón de liquidez entre billetes y monedas y depósitos por el lado de los activos a los depósitos incluidos en la definición de dinero en sentido amplio por el lado de los pasivos, y finalmente no hay que descartar tampoco los recuerdos de un Banco Central irresponsable y muy dado a la emisión inorgánica de dinero en los años previos a la dolarización en una especie de mala reputación que todavía pesa en las expectativas de los agentes económicos.

Alguno de los lectores podrá decir  que esto último también le calza al sector financiero privado en términos de la crisis bancaria de 1999 y las pesadillas que les provocaran a  más de uno recordar esos aciagos días, pero ello no tiene el menor fundamento en tanto y cuanto no se requiere la implementación del dinero electrónico para que el sistema financiero nos pueda estafar, ya que tiene en sus manos 30 mil millones que los ecuatorianos han depositado en sus arcas como una prueba de que han logrado recuperar la confianza de los agentes económicos.

En lo que se refiere a una eventual gestión compartida para el manejo del dinero electrónico entre el Banco Central y el sistema financiero privado,  en principio no habría problema si ello puede contribuir a una reducción de costos por una mayor competencia, –aunque si vamos por ese lado, el gobierno tiene al Banco del Pacifico y al BanEcuador BP como mejores actores para ello-. Pero si vamos con regulaciones ad hoc de alguna obligatoriedad de que el pago de sueldos del sector público o de contratos con el estado se lo haga mediante dinero electrónico depositado en el Banco Central, no solamente que estaríamos alejándonos de una sana competencia en igualdad de condiciones, sino que estaríamos dando espacio a malas expectativas de los agentes económicos sobre una eventual carta bajo la manga que tendría el gobierno para sobrellevar sus situaciones de iliquidez, algo que en nada ayuda a la promoción del dinero electrónico, ni a la estabilidad de la propia dolarización.

En definitiva podemos concluir que los efectos positivos del dinero electrónico en la gestión monetaria de las economías no están en discusión. Los problemas están en quién lo administra y sobre todo, cómo lo administra.

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