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by • March 17, 2013 • Adrian ZabalaComments (0)474

DEIDADES REVOLUCIONARIAS

 

Dios, siendo lo que es, nos concede libre albedrío, nos permite decidir y escoger entre hacer el bien o el mal. Respeta nuestro criterio, no nos obliga a seguirlo. Él pide ser invitado y recibido en nuestros corazones. Él llama, pero es potestad nuestra abrir o no la puerta para que entre en nuestras vidas para guiarnos por el camino correcto. Él pide fe a cambio de libertad, paz, esperanza y justicia. Dios nos ama tanto que envió a su único hijo a ser sacrificado en lugar de nosotros , ese sacrifico nos liberó del pecado y nos dejó un mandamiento nuevo: “AMAOS LOS UNOS A LOS OTROS COMO YO OS HE AMADO”. Y el Mesías nos pidió: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. En estas palabras está encerrado el mayor y absoluto respeto a lo que ahora podemos llamar derechos humanos. No hagamos a otros lo que no queremos que nos hagan. Y no demos a otros lo que no queremos que nos den a nosotros.

Los líderes “revolucionarios” y sus seguidores, siendo lo que son, quieren imponernos su criterio, su ideología, su visión del mundo, su forma de ser y de pensar, incluso de vestir. No admiten diferencias,  no aceptan que podemos discernir y somos capaces de razonar y oponernos a sus pretensiones. No conceden al individuo la capacidad de decidir por sí mismo y de buscar por sus propios medios una forma de vida acorde a su esfuerzo y talento. Intentan manejar a su antojo a la sociedad, privando a todos los estamentos de libertad e independencia. Asumen para sí la rectoría de los derechos y las libertades de todos, se erigen como administradores de la moral y de los valores, se apropian de la ética y la honestidad para otorgarlas solo a los que siguen a su líder y se unen a sus filas; el resto, los que disentimos: somos inmorales, corruptos, mafiosos, mediocres, limitados. Seres incapaces de tener derechos y libertades, incapaces de merecer una vida digna, incapaces de disfrutar de la paz y el respeto que todos los seres humanos nos merecemos. Los que se llaman a sí mismos revolucionarios, se adjudican el derecho divino a gobernar con puño de hierro, a disponer arbitrariamente de las riquezas nacionales, a condenar a la miseria a millones de personas a las que consideran incapaces de subsistir sin la presencia de un líder supremo, de ese enviado por la providencia para velar por los más necesitados y  llevarlos de su mano hasta el paraíso socialista. El problema es que el camino es muy largo y jamás se llega; las promesas se multiplican, las culpas son descargadas en otros, aunque esos ya no estén vivos o hayan gobernado hace décadas.

Los líderes revolucionarios son considerados por sus seguidores como Dioses cuya palabra es incuestionable, sus deseos deben ser satisfechos con premura, aunque para ello se violen la constitución y las leyes; son adorados, venerados, velados como a santos de estampa, tienen réplicas en plástico de su divina figura para estar en todas partes, para ser de todos, para crear esa sensación de omnipresencia, para que nadie se salve de su inquisidora mirada.

Dios envió a su único hijo para hacerse hombre y morir sacrificado en una cruz por amor a su mejor creación, venció a la muerte y resucitó. Los líderes “revolucionarios” sacrifican al hombre para convertirse en dioses, se convierten en dioses para ser omnipotentes cuyos designios son incuestionables, “aman” al pueblo, pero lo condenan a la miseria y la ignorancia, le arrebatan la esperanza con falsas promesas, se apropian de la riqueza que pertenece a todo un país, la hacen suya y la reparten entre sus favoritos, lanzan migajas para que el populacho las recoja y agradezca tanta generosidad.

“Hasta después de la muerte” así juran lealtad los dolientes cuando un Dios revolucionario ha sido tocado por la parca. No se someten, como cualquier mortal, a la descomposición de la carne; a ellos hay que preservarlos para que continúe intacta la adoración de sus fieles. Hay que arrancar las vísceras y los órganos de sus cuerpos para llenarlos con líquidos y zurcir sus orificios para que aparenten ser eternos. Lo malo es que jamás volverán a la vida por mucho que los lloren y los recuerden; se convierten en piezas de museo y ya no sirven ni como abono para la Pacha Mama.

 

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