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by • September 10, 2012 • Juan Fernando CarpioComments (0)844

Control de armas

Juan Fernando Carpio
Sr. Director:
El empleo de las armas como instrumento de caza, implemento deportivo o como objeto de colección requiere poco debate. Son usos que, dentro de los términos razonables, no pueden ser objetados. Los problemas surgen cuando las armas se usan en contra de otros seres humanos, porque, como hemos quedado, matar es el fin preciso con el que se fabrican las armas. Hemos visto que desde que el ser humano es tal, usa armas. Recordemos esa bellísima escena de la película 2001, Odisea del espacio de Stanley Kubrick, basada en la novela homónima de Arthur Clark, en la que ante ese monolito mágico (¿o divino?) un mono se transforma en hombre por la mera ejecución de su primera acción humana: usar un hueso como maza.

Vizuete sentencia: “el arma más importante es el cerebro”. Los derechos humanos básicos e inherentes, aquellos de los que por ningún concepto pueden sernos quitados, son aquellos que justamente nadie nos puede dar. Nacemos con ellos y son sólo dos: la vida y la libertad, todos los demás de allí demanan.

Todo gobierno u organización social debe permitir y facilitar a los hombres el uso de los dones con los que han nacido. En este contexto es que Juan Fernando Carpio, director ejecutivo del Instituto para la Libertad sostiene que el derecho a la legítima defensa es una derivación del derecho a la vida. Si no podemos defenderla de agresiones de forma efectiva, el derecho a la vida es una declaración de intenciones bonita pero etérea. Entonces considera esencialmente legítima la tenencia de armas, que no debe ser coartada porque haya personas que usen mal de ellas.

El que se haya delegado la defensa por la fuerza en el Estado, no significa, ni puede significar, que los ciudadanos no puedan defenderse en los casos en los que los instrumentos estatales no pueden hacerlo. Por eso señala el doctor Carpio que incluso en los países donde mejor funciona, la policía jamás podría estar en el lugar de los hechos en el momento indicado. Los asaltos, violaciones y secuestros se consuman en cuestión de minutos, y también se evitan y disuaden en instantes.

La naturaleza del arma es esencialmente ofensiva, pero el mero hecho de conjeturar la existencia del arma ofensiva conlleva la concepción del arma como medio de defensa. Desde este ángulo, las armas tienen una función disuasiva, envían el mensaje ¡no me ataques!, de hecho en la práctica menos del 1 % de las armas legales que existen en un país llegan a usarse contra otra persona. Y aún cuando lleguen a exhibirse, no se llega hasta las últimas consecuencias.

Según Juan Fernando Carpio, el portar armas genera lo que los economistas conocemos como “externalidad positiva”: si un asaltante o violador no sabe cuál de las mujeres de una calle podrá repeler su agresión, todas ellas ven disminuido su riesgo. Los datos históricos están ahí y son claros. Tomado de la página web armas en serio.

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